Maria Eugenia Lizeaga


 

 
 

 

 
La parada de bus
 
Del portal torció a la izquierda, hacia donde estaba ubicada la parada del bus. Le bastó una ojeada al cielo para ver que el sol intentaba hacerse visible, pero enseguida lo raptaron nubes y nieblas escondiéndolo en alguna de sus oscuridades. Gracias a la decisión municipal de ampliar las líneas de buses ya que el suyo en concreto se llenaba desde el principio, ahora tomaba uno directo, el mismo que antes tardaba una hora en llegar a su destino, mientras paraba en barrios recogiendo a la gente que milagrosamente conseguía abordarlo. Esto suponía media hora menos aferrado al pringoso agarradero, y media hora más en los brazos de Morfeo.
 
Envuelto de nieblas que lavaban las legañas de sus aún somnolientos ojos, sin desviar el recorrido, que sus piernas hacían por reflejo automático, paró en el sitio, como siempre. Esperó. Al rato, le pareció extraña su soledad, normalmente allí mismo se apiñaba mucha gente, intentando controlar su lugar en la cola de la señal de Parada bus. Miró y sólo veía figuras dispersas en aquella inesperada niebla. La alarma de haberse equivocado de sitio lo asaltó, buscó el letrero de su bus y no lo encontró, no estaba...
 
Volvió a su portal, y rehizo el corto recorrido, ahora bien seguro y espabilado. Nada, no había parada, de la noche a la mañana desaparecida. Entonces comprendió el trajín de las figuras a las que antes no había prestado atención, estaban todas desorientadas lo mismo que él, buscando la parada. Todas con el mismo miedo en el vientre, ¡llegarían tarde al trabajo! 
 
Paró a la primera que tuvo cerca preguntándole si sabía algo de la dichosa parada:- “si lo supiera no estaría aquí paseando esta mañana” - fue su malhumorada respuesta, los nervios y el miedo juegan esas pasadas, es posible que no respondiera de esos modos habitualmente, pero las reacciones ante los improvistos suelen ser diversas. Así que preguntó al siguiente:- “No sé que pasa, no encuentro la parada, y llego tarde al trabajo”- Así que entre los dos comenzaron a remirar el vacío de lo que siempre estuvo allí. Al rato, a pocas meten el píe en un agujero del suelo, justo donde se asentaba el pilar ansiado, y en el mismo suelo pintadas unas letras, que les costó leer entre la niebla: “Esta parada ha sido trasladada provisionalmente a la Calle A, nº 19”, perdonen las molestias”
 
 
La habitación 112
 
Los dos compartían banco, que no era un banco al uso, sino algo impreso en sus imaginaciones, sólo pensarlo bastaba para que los sostuviera mientras esperaban, aunque no recordaban para qué era aquella espera, ni como habían llegado allí. Ya se sabe que en las obligadas colas, uno aguanta de pié lo que le echen, pero si puede, uno busca frenético el asiento que alivie a esos heroicos pies que soportan tanta carne y osamenta. Y las dos siluetas aún arrastraban sus costumbres mas recientes.

 

En este pasmoso intervalo a la “figura A” (así la llamaremos) se le disgustaron las pituitarias con el fuerte perfume de su compañero. Retumbó inmediata la respuesta del otro: _ ¡Pues mira que el olor a formol que traes tu, deprime hasta a un muerto!_.
 
-¡Sonamos!- Pensó la “figura A” -¡ Me tocó el susceptible!, antes de decir nada, ya me entró. ¿Pues que será si le digo que esa corona de flores que tiene en las manos parece de funeral?-.
 
Al segundo sintió el dolor de las brujas en la hoguera, nada había cambiado, y sin embargo era combustión de un invisible fuego. Su dolor, antes de desvanecerse, debió ser tan agudo, que la “figura B” (ahora sí, le pondremos nombre) estalló del sitio.
 
Cuando la “figura A” se rehizo aliviado de verse libre de la pira de ira que lo había asimilado vivo, estaba sólo. Pero le llegaban unos espeluznantes alaridos, como si rebotaran en algún muro, y su intensidad dependiera del recorrido. Un agónico y prolongado “No”, precedió al silencio definitivo, que señaló el adiós de su excompañero. Se sintió como nuevo, de una manera hasta entonces desconocida, y se adentró gustoso en aquel infinito descanso.
 
La enfermera llamó al médico, para señalarle los cambios en los dos pacientes de la habitación 112. -¿Son los del accidente?- -Sí doctor, mire...-. –Bueno- dijo este:-Parece que el de la cama “A” ya descansó, mejor para él, estaba sufriendo demasiado, y no tenía remedio. Sin embargo, a este pobre de la cama “B” aún le queda purgatorio. ¡Esta visto, que también para morir hace falta suerte!
 
 
Amistad en la piel
 
El frío encerraba el saludo, de los pocos pero presurosos viandantes, aquella noche. Ella caminaba despacio, no por gusto, sino de puro cansancio. Cansancio reciente del trabajo y también el que la vida, por no cargar con todo, depositaba en cada criatura. Así que en la apremiada parsimonia de su discrepante caminar, aliñaba el orden de sus sentidos observando los otros bultos metidos en lanas, que la adelantaban o cruzaban. Por su celeridad y ligereza, los jóvenes descollaban sin discusión, también los que como ella, vivían la fase de valorarlos o vilipendiarlos. El resto eran los que transitaban inmersos en el tránsito acuciante de responsabilidades y  preocupaciones que impiden darse el capricho de pararse en la abstracción distante.
 
Imaginó los pensamientos que recogían todos los pasos y pisadas. Y si alguno de ellos la incluirían, especialmente cómo la incluirían, a ella o a sus similares. “Nos resulta más fácil tirar del drama, y apurando, hasta de la tragedia. Retenemos más las pátinas de las desgracias, como si el resto, es decir lo bueno a secas, no tuviera especial atractivo”. Se dijo.

 

Le costó menos que nunca alcanzar al cómico más o menos amordazado, que llevamos todos dentro. Su abrigada carcajada retando al frío, conectó con el adolescente diálogo que se acercaba de frente. “... ¿nos lo hacemos en la espalda? ... “me pondré tu nombre”...” a mi me gusta el mote que te pusimos, grabaré ése. Será para toda la vida”... “Así, aunque no queramos, siempre seremos amigas, porque los tatuajes nunca se borran”...
 
Ahora sí, que “Ella” sintió todas las cicatrices de su vida talladas en su piel con una sólo palabra “María”. Intentó acelerar su paso urgida por llegar a casa. “Tengo que llamarla, desde que se mudó, no sé nada de María, nos venció la distancia”.

 

 
 

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