Josué Barrera

Antología

 
 
No entiendo a los hombres
 
¿Por qué los hombres son tan estúpidos? Si ellos dicen que no entienden a las mujeres, yo puedo decir lo mismo. Son tan contradictorios, realistas, fríos, que me cuesta trabajo creer cuando dicen que sienten algo por mí. ¿Por qué me dices tal cosa?, termino preguntándoles a cada uno para luego mirar la manera en que no responden.
 
Ahora, por ejemplo, no llevo más de diez minutos sentada en esta mesa del Samborns, y ya he sentido la mirada insistente de tres hombres. Los tres me vieron antes de que eligiera la mesa. Estoy segura que sólo bastaría mirarlos de vuelta para que después me sigan cuando me levante de la mesa y me dirija al baño y se interpongan en la puerta para preguntarme mi nombre. Lo digo porque ya me ha pasado. Los hombres no son ninguna caja de sorpresas. Puedo predecir cada uno de sus movimientos. Sus pensamientos no, porque como dije, suelen se contradictorios. Dicen algo y hacen lo otro; en eso se parecen a nosotras las mujeres.
 
Cada tarde es igual, sin excepción. Después del trabajo entro a Samborns, me siento en cualquier mesa disponible y eso basta para ser asediada por varios hombres. Son muy evidentes. Los odio. Sin embargo, no me molesta ser el centro de atención de vez en cuando. En ocasiones compro una revista antes de llegar, llevo algún libro que tenga pendiente o traigo este cuaderno donde escribo y que me hace ver, en eso no tengo duda, interesante. Todos han de creer que soy escritora porque cuando escribo lo hago sin descanso, se me sueltan las palabras (quizá sea por el café o el azúcar), se liberan las ideas y escribo hasta sentir que alguien me mira, entonces lo ubico y empiezo a mirarlo y a imaginar todo lo que haría y dejaría por estar conmigo.
 
En mi cuaderno suelo escribir las historias que los demás imaginan de mí, o las que me gustaría que imaginaran o que sucedieran en realidad. Como estoy segura que todos creen que soy una prostituta (aunque lea o escriba soy una mujer sola que va cada tarde y que mira con atención a los demás), escribo historias de prostitutas. Siempre soy la protagonista, siempre acepto la invitación de subirme al auto de quien me invite a pasear y siempre termino en un motel con un desconocido.
 
Mi cuaderno lo escondo bien, no vaya ser que mi madre o mi hijo lo descubran y vayan a pensar algo que no es. Aclaro: nunca he sido como la protagonista de mis historias, nunca me he subido a ningún auto y mucho menos he terminado en la cama acompañado de un desconocido. Si lo he escrito es porque puede ocurrir en cuanto lo permita, y eso puede ser en cualquier momento porque en cualquier momento hay hombres dispuestos, como el de ayer que me siguió hasta la salida de la tienda para decirme si quería ir a pasear. Por supuesto le dije que no, gracias, en medio de una sonrisa. Insistió diciéndome otras cosas, pero yo me quedé con la misma respuesta. Me dirigí al auto y subí de prisa. Antes de encenderlo miré que el hombre aún seguía en el mismo lugar. Me dio lástima, mucha lástima. Imaginé su vida, sus carencias, lo que lo había llevado a realizar ese tipo de petición. Me dio lástima pero a la vez disfruté mirarlo de ese modo. Me sentí deseada, atractiva, capaz de despertar ese tipo de emociones.
 
Cuando llegué a casa, abrí con apuro mi cuaderno y escribí que aceptaba su invitación y que me llevaba a un motel donde teníamos relaciones de una manera atroz, violenta, sin pudores. Al terminar la historia me sentí agotada y me di un baño con agua caliente. Dentro de la tina imaginé que aquel hombre me acariciaba.
 
Ahora he venido al café con un mínimo de esperanza de verlo, aunque sé que ese tipo de hombres no vuelven, desaparecen en seguida; lo sabré yo. Confieso que me gustaría verlo para que me hiciera de nuevo la invitación y disfrutar gozosamente su mirada. Le diría que claro que no, que cómo se atreve, que qué estúpido, pero lo vería y lo escucharía con atención para así alimentar mis historias que me hacen sentir, de una u otra manera, más viva, más deseable, más mujer.
 
 
 
 
Amigos
 
Era normal que llegaran al café de siempre y hablaran de las dificultades que últimamente habían tenido cada quien en su trabajo, tomaban asiento, pedían de beber y disfrutaban de la vista que el lugar ofrecía hacia la avenida llena de palmeras que permitía que la conversación iniciara recordando el viaje que habían hecho a la playa diez años atrás, cuando estaban en el colegio y recién se habían conocido, todos estallaban en risas con la caída de Edgar, con la fogata que tardó en encenderse cuando ya habían consumido la comida fría y que sólo había servido como pretexto para contar historias y de nuevo las risas por la manera en que la habían apagado orinando encima al día siguiente, porque Jesús lo hizo primero, dice Gerardo, no es cierto, replica Jesús, fue Esteban y entre las discusiones se dan cuenta que no importa quien haya sido, entonces Edgar se levanta y se dirige al baño y al alejarse Jesús empieza a recordar que Elsa se fue con él después de la fiesta que habían organizado un noviembre cuando Edgar había salido de la ciudad, sin saber, sin evitar, sin esperar que su amigo estuviera de ese modo con Ella después de que todos lamentaran su ausencia, incluyendo ellos quien hablaron de una posible relación que jamás existiría y acordaron no decirlo, tratar de olvidar lo sucedido porque era injusto para Edgar, era incómodo reconocerlo, así que lo mejor había sido olvidarlo, no hablar más aunque ese encuentro lo extrañaran por mucho tiempo, pero no había modo de cambiar las cosas, sólo seguir adelante, continuar con la vida y las sonrisas y los encuentros semanales en aquel café, quizá un recuerdo cuando le pregunta por ella, un mínimo recuerdo que se asoma por el resquicio de la memoria queriéndose escapar, pero eso era todo.
 
 
 
No se atreva
 
Entré al salón y la encontré leyendo. Me senté en el escritorio, esperé que me mirara y la saludé. Ella me respondió sonriendo y agregó, un poco apenada, que había soñado conmigo.
 
Sentí que mis piernas perdían fuerza, que caía. Le pedí que explicara su sueño para ver si podía interpretarlo (yo que jamás he creído en esas cosas). Me contó: estábamos usted y yo, aquí en el salón, solos. Me aplicaba un examen y yo tardaba en responderlo. Entonces se acercaba a mí y me preguntaba si todo estaba bien. En ese momento me pregunté si era correcto seguirla escuchando. Ella continuó: me acarició el pelo, yo me dejé porque me servía para pensar y responder el examen. ¿Y cómo te fue en el examen?, pregunté ansioso para que no siguiera con las descripciones. Usted no me dejó terminar, finalizó. Se escuchó la puerta y el resto del grupo apareció.
Recordé que ese día estaba programado el examen. Concluí que ella había soñado con la prueba porque ese día iba a tenerlo. Lo que no me explicaba era el hecho de que soñara que le acariciaba el pelo. Además, no había entendido por qué no había podido terminar el examen.
 
Saludé al resto del grupo y les dije que cerraran los cuadernos porque iban a empezar a responder el examen. Repartí la prueba a cada uno. Todos empezaron a resolverlo en silencio. Algunos no tardaron ni diez minutos cuando se levantaron, me entregaron la hoja y se fueron. El salón se fue desocupando. Empecé a calificar en ese momento.
 
A mitad de la hora un alumno me entregó el examen y pude ver que alguien más faltaba por terminar: era ella. Su compañero salió y nuevamente nos quedamos solos. No pude seguir revisando. Desde mi escritorio veía que escribía, borraba, movía las piernas, sus manos. Pensé en preguntarle si estaba bien, si le podía ayudar. Me miró cuado pensaba levantarme y dirigirme hacia ella. Quedamos suspendidos, recordando lo que había pasado en su sueño. Pensé que iba a contarme el desenlace en ese momento, pero me dijo con voz pausada y sin quitarme su mirada: no se atreva, profesor.
 
 
 
 
Vilma
 
Las vocaciones son inciertas. ¿Por qué aquel niño dibuja incansablemente en su cuaderno, mientras que el otro hace barquitos o aviones de papel, y el de más allá construye canales y túneles en el jardín, junto con su amigo que forma equipos para jugar a la pelota, y el otro se encierra en su habitación a resolver interminables rompecabezas? Nadie lo sabe. Lo único que podemos estar seguros, es que esas inclinaciones de la infancia se convierten con los años en oficios, pasatiempos o profesiones que forman parte, de una u otra manera, de nuestras vidas.
 
Menciono esto porque últimamente me he acordado de Vilma. Junto con su recuerdo han venido imágenes de cuando yo escribía a escondidas por las noches en mis primeros cuadernos, así como los encuentros fortuitos con los libros de la casa a temprana edad. Después es inevitable recordar cuando de joven lo dejé todo por ser maestro y me vuelvo a preguntar, pero sobre todo a no responderme, por qué tomé esa decisión que ha cambiado mi vida.
 
En mis primeros años de trabajo fui maestro en una escuela que se encontraba a una hora de la ciudad. La población se conformaba, aproximadamente, de veinte casas, un preescolar, una primaria, una secundaria, un cuarto de enfermería y dos tiendas pequeñas. Y allá, en medio de cien alumnos que no hacían otra cosa que desear salir de la escuela para mirar la carretera desierta, estaba Vilma.
 
En una clase pedí que escribieran una historia que hablara sobre la libertad. Muchos se opusieron, y no hubo modo de persuadirlos. Pero los otros lo hicieron bien, sobre todo ella, quien escribió un texto de hoja y media. Al final de la clase dejé una tarea, prometiéndoles que el que trajera el mayor número de elementos que conformaran la cultura ganaría un libro.
 
        Al día siguiente todo el grupo se presentó puntualmente. Les recordé mi promesa y pedí los trabajos. Sólo algunos lo hicieron. Cuando llegué al pupitre de Vilma, miré que descansaba su cuaderno con cuatro hojas repletas de elementos que conformaban la cultura. No tuve que ver los otros trabajos para darle el libro. Cuando la hora terminó, le pedí que se quedara. Le pregunté a quemarropa si le gustaba leer, después si escribía. Me dijo de igual modo que poesía. Le regalé otro libro diciéndole que yo también escribía a su edad y que cualquier cosa que se le ofreciera, me buscara.
 
        A los diez minutos llegó a mi oficina. Quería saber qué opinaba de dos poemas suyos. En ese momento me convertí en su primer lector. Me preguntó por la puntuación y la ortografía. Precisé en algunas palabras que no hacían falta, por el título que se repetía constante a través del texto y por las pocas imágenes que mostraba. Le recomendé algunos autores cuyos libros descansaban en la biblioteca de la escuela. Le entregué su cuaderno, y a cambio, me sonrió. Fue entonces que descubrí que su mirada reflejaba la timidez de los primeros versos, ese impulso creador innato que yo había perdido irremediablemente. Después abandonó mi oficina.
 
        A los pocos días terminó mi contrato. Por cuestiones de tiempo no pude despedirme de los alumnos. Apenas pude ver a Vilma cuando subió al camión escolar muy lejos de la oficina. No pude decirle que siguiera escribiendo, que leyera, que jamás dejara de ver las cosas con esa mirada que tenía y que nunca renunciara a escribir.
 
        En el camino a casa ese último día (esa sensación es la que me ha estado persiguiendo), iba respirando un suave olor a mar que poco a poco fue desapareciendo conforme me acercaba (lo supe en ese momento) a mi infranqueable destino. En todo el trayecto no pude pensar en otra cosa que no fuera la imagen de Vilma, con un cuaderno abierto en medio de los campos muy cerca del mar, escribiendo poesía.
 
        Cuando llegué a casa no quise preguntarme qué había pasado conmigo.
 
 
 
 
Acto creativo
 
En los últimos años se habían dado una proliferación de textos cuya originalidad radicaba en que los autores modificaban historias clásicas, versos tradicionales o frases populares, y las convertían en historias con personajes absurdos, irónicos, o escribían los versos con palabras de moda, introducían marcas de objetos comerciales, o transformaban las frases de tal modo que fueran graciosas para el lector. Es decir, se reciclaba la literatura, el lenguaje y otras maneras de expresión.
 
Todos lo hacían, excepto unos cuantos escritores que se mantenían fuera de esa tendencia por tener la firme idea de que la literatura no debía de escribirse de ese modo, sino que debía de imperar la creatividad en cualquier acto artístico. Pero esos eran unos pocos, nadie los conocía. Los más leídos eran los que escribían historias y versos que ya se habían escrito, modificando sólo ciertos aspectos para hacerlos más divertidos, sin reparar que dicha modificación hiciera perder el sentido de la idea original.
 
Por eso no fue de extrañarse que un día un hombre decidiera ser escritor y que se inclinara por hacer su obra modificando textos conocidos. Empezó entrando en círculos de lectura, analizando novelas clásicas, colaborando en revistas de su entidad; después se volcó escribiendo sus propios textos, corrigiéndolos, volviéndolos a escribir hasta que pudo publicar su primer libro, y el segundo después de dos años, y el tercero, y poco a poco sus libros fueron pasando de mano en mano hasta convertirse en el escritor más popular de su generación.
 
Todos consideraban que su literatura era la renovación de todo lo que se había escrito hasta ese momento. Sus palabras eran entendidas por cada uno de sus lectores. Sus textos se leían en cada revista de literatura de su país y pronto se volvieron motivo de numerosos ensayos. El cuarto libro no fue una decepción para sus lectores, ni el quinto. En el sexto, este hombre quiso arriesgar y escribió un libro de cuentos donde modificaba muy pocos aspectos de otros cuentos clásicos. Fue un libro con reducidas ventas. Su deceso como escritor empezó a ocurrir a partir de su séptimo libro el cual se trataba de una novela totalmente original.
 
 
 
 
Jefe de Recursos Humanos
 
No pude soportar tanta felicidad cuando un día me contrataron como jefe del área de Recursos Humanos en una gran compañía. Me dijeron que mi trabajo consistiría, básicamente, en dirigir las acciones de dos hombres que llevaban diez años en el mismo puesto y que por lo tanto, conocían con una gran precisión el ritmo de trabajo y las actividades a realizar.
 
No pude presentarme el día acordado, ni el siguiente ni el otro. De pronto había pasado una semana y no me había reportado al trabajo, y ellos tampoco me habían llamado. No le di mucha importancia. Me sentía enfermo de una gripe atroz y siempre he pensado que la salud es primero que las demás cosas. Así que decidí cuidarme, ya después explicaría.
 
Cuando pasaron dos semanas tuve que ir al banco a retirar dinero. Con sorpresa vi que en mi cuenta había seis mil pesos más, justo el salario que iba a ganar en la empresa. Como seguí enfermo, esta vez de la garganta, pasé otras dos semanas en cama. Pasado lo grave fui al banco de nuevo y vi que tenía depositado otros seis mil pesos. Entonces me propuse no presentarme al trabajo hasta que me dejaran de pagar.
 
Seis meses después visité el banco y vi que mi cuenta se conservaba con la misma cantidad. Me regresé a casa eufórico, tomé el teléfono y marqué a mi oficina. Me contestó uno de los hombres que tenía diez años en la empresa. Me saludó efusivamente y preguntó por mi salud. Asombrado, le respondí que estaba bien. ¿Cuando viene?, me preguntó. No sé, le respondí. Pensé que había sido presa de una persona que se había hecho pasar por mí, de un doble, de un estafador, de una mala jugada del destino, de una de esas historias fantásticas que leía en las tardes libres en mi casa. Entonces aquel hombre interrumpió mis pensamientos para comunicarme con la gerencia.
 
Respondió la voz amable y suave de una mujer. Cuando le mencioné el motivo de mi llamada, me ofreció disculpas, prometiéndome que al colgar haría lo necesario para que en esa misma tarde me depositaran el sueldo a la cuenta de siempre. Me sorprendí que mi petición diera resultado. Le pedí por último que me comunicara con el hombre que me había atendido anteriormente.
 
Aquella otra voz me respondió de inmediato preguntando si se me ofrecía algo. Le pregunté cuando había sido la última vez que me había visto. Me dijo que no recordaba. Su respuesta me dejó helado. Seguía sin entender por qué recibía un pago. Todo era confuso, sin embargo no valía la pena mencionarlo a la gente, investigar las razones, descubrir lo que aquella gran empresa pretendía al ser tan generosos conmigo. Sólo le pude dar las gracias.
 
A partir de ese día no pude conciliar el sueño con facilidad. Al recibir un nuevo pago trataba de no gastar mas que lo suficiente. No salía de casa. Todo el día pensaba por qué, me preguntaba quién había sido el autor de esa broma, qué esperaban que hiciera, qué pasaría conmigo. Fue desesperante mi situación. Vivía en un infierno impreciso y confuso.
 
Un día decidí ir a la empresa ha terminar con todo. Salí de casa con la vestimenta de hace días, sin afeitarme y con el pelo alborotado. Caminé firmemente hasta el interior del edificio que ya aborrecía y que veía incluso en mis sueños más atroces. Me abrí paso hasta dar con la oficina del director general, aquella persona que me había contratado hacía meses. Me miró sorprendido, temeroso de que le hiciera algún daño. Le dije que no aguantaba más en ese trabajo. Le supliqué con la voz quebrada, envuelto en llanto, que me dejara renunciar.
 
 
 

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