Ana Ruth Escoto

Antología poética

 
 
Parecés la tierra que acaricia los pasos 
brisa que sube y me despeina  
 
Parecés la hormiga que me recorre el cuello 
sentimiento de lo que apenas viene 
 
Parecés la sábana escondida entre las piernas 
noches de insomnio y de viento 
 
Parecés la gota que aún no llueve 
terciopelo de la humedad que corroe 
 
Parecés el pestañeo para no ver las cosas 
y dejarle la luz a los ojos cerrados 
 
Aparecés. 

 
 
***

 

el camino se inunda de ecos
la piel cede a la culpa
sin regresos
las miradas se bifurcan
 
frío
ruido
rencor
 

 
 
 
El observador
 
Siempre llueve y las calles se inundan de ojos. Los ojos se esconden en nuestros zapatos. Nos muerden cuando caminamos. Alguien se detiene a ver su pasado. Cierra los ojos. Descansa. Duerme. Los demás abrimos los ojos y vivimos un día más en la oscuridad de su mirada.
Mañana también lloverá.
 
 
 
***
 
 
Quiero saber si tendré alas cuando muera esta vez
si en el canto de tus sueños podrás oírme suspirar
y si podré engañar a estos ojos dispuestos a partir

 
Quiero saber si cuando mueras, serás el vigía del faro
que en medio de las olas y las lágrimas saladas,
conoce donde empieza el horizonte y donde terminan las aguas
 
Y es que ya no quiero matarme sobre los espejos
ni deshojar margaritas de abrazos olvidados
porque han brotado demasiadas sonrisas al morirme de mares
 
 
 
***

 

Los amuletos ya no retienen la suerte
perdieron su efecto sobre estas manos heridas
hay sangre entre la tierra que separó los cuerpos
cada uno de nosotros enterró sus hombros
y hoy ruedan gritando las cabezas
 
las distancias merodean los cementerios
se reconfortan llevándole flores a la muerte
porque encontrarnos ya no es cosa de este mundo
 
 
 
 
***

 

La estúpida costumbre de no olvidar los nombres de los amantes,
de buscar el perfume suave de la noche,
y de murmurarle a la almohada los sueños que no recuerda
 
La insaciable conducta de castigarnos con los mismos pasos,
de tatuarnos los caminos silenciosos en el cuerpo,
y de buscar el ansia en el furor de las mañanas

La manía taciturna de comerse con la vista el horizonte,
y enumerar la esperanza en las estrellas
de siempre dibujar las bocas que aún nos quedan por amar
 
 
 

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