Anselmo Sequeira Caldera

Fotografía propiedad del autor

 
 
Esbozo biográfico
 
Anselmo Sequeira Caldera, más conocido por el seudónimo de Naukk Nu, nació en Masaya (Nicaragua) en 1891. Fue hijo del doctor Anselmo Sequeira, de profesión médico, y de Luz Caldera, quienes procedían de Boaco. En Masaya murió a la edad de setenta y cuatro años en 1965, sin haber salido de su ciudad más que en dos ocasiones: una para ir a estudiar a León y otra para hablar con el dueño de una imprenta en Granada. A su entierro asistieron once personas tras una vida de exilio interior dedicada por entero al estudio. Aquel sabio de pelo largo y barba blanca que se anticipó a su época escribió una poesía fuera de su tiempo y al margen de las estéticas marcadas por la moda. La suya fue satírica y licenciosa, sin precedente en la literatura nicaragüense.
 
La infancia y adolescencia de Anselmo Sequeira transcurrieron en el seno familiar de Masaya, entre sus hermanos Solón, Natán y Efraín, y sus dos hermanas Judit y Sara. En el Instituto Nacional de Masaya obtuvo, en 1908, el grado de Bachiller en Ciencias, Letras y Filosofía. Fue cuando su padre tomó la decisión de mandarlo a estudiar Medicina a la Universidad de León, la única del país.
 
Un acontecimiento en la Universidad marcó su vida. Su amigo de Masaya, Filadelfo Núñez, se había marchado a estudiar Medicina a la Sorbona de París, desde donde le enviaba libros. En el examen final del tercer curso de Anatomía respondió a la pregunta de cómo curar una ruptura de clavícula siguiendo el método francés, por lo que fue suspendido. Tras escuchar el veredicto del jurado el joven estudiante se puso de pie y por tres veces llamó al tribunal: “¡Nulidad!”
 
Regresó a Masaya derrotado y durante un tiempo trabajó como profesor de inglés, francés y matemáticas. Anselmo Sequeira había destacado por su afición al estudio y su admiración por las letras. Era una época en que el Ateneo de Masaya reunía personas relevantes como el poeta Alberto Ortiz, autor del Parnaso nicaragüense (Barcelona, Maucci, 1912), donde figuran poemas de Anselmo Sequeira, quien a su vez dirigió la revista Castalia (1916-18).
 
A la muerte de su padre renunció a la herencia y sólo aceptó un pedazo de casa que despojó de todo lujo y comodidad. Donde habían paredes colocó piedras dando a la vivienda el aspecto de cueva. Desde aquel momento renunció a los bienes terrales y a una sociedad marcada por la hipocresía, la apariencia y el egoísmo, a la que él pertenecía.
 
Su caso es único. Fue apedreado, vituperado y marginado por una sociedad profundamente cristiana. Su obra es la de un genio desconocido e ignorado porque su obra completa se convirtió en ceniza a los pocos días de su muerte. Su hermana Sara, obedeciendo el dictamen espiritual de la ciudad —aquello que entonces giraba en torno de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y el qué dirán las beatas—, se sintió presionada moralmente y quemó todos los papeles del poeta en el patio de su propia casa.
 
Lo poco que queda de su obra permanece dispersa e inédita en manos de antiguos clientes o amigos que conservan aquellos poemas obscenos que tanto escándalo provocaron en una sociedad dominada por la moral. En el aspecto físico fue precursor de aquellos jóvenes desaliñados a los que luego llamarían hippis. En el campo de las ideas se adelantó a romper esquemas fijos sobre la temática del poema, introduciendo la lexicología de todo lo referente al sexo y la novedad que suponía el tema. Nuestra literatura castellana, desgraciadamente, ha visto lo erótico con ojos de escándalo. Él fue precursor de la poesía que hoy abandera con honor Gioconda Belli. Fue tachado de "viejo loco", “viejo chancho”, “viejo cochino”, “viejo verde” por quienes vivían dentro de la castidad y la santidad, en uno de los peores momentos para la ciudad, marcada por la expansión de los centros religiosos.
 
Es el único poeta nicaragüense y centroamericano que ha dejado un rico legado licencioso que se une a la vieja tradición oriental y europea. Hijo de Quevedo, lo igualó en portento y valentía. No se enfrentó a ninguna Inquisición, pero fue negado y rechazado por su propia sociedad. Padeció el odio incisivo y cruel de vecinos y ajenos, así como la admiración de amigos y librepensadores que empezaban a surgir en medio de la miseria de las ideas que padeció la primera mitad del siglo XX.
 
 
Selección Poética

Antología poética

 

 
 

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